En los últimos años, se ha mitificado un palabro rebuscado pero atractivo: “empoderamiento”. La gente se empodera, los dirigentes empoderan, todo el empoderamiento para el pueblo. ¿Y cómo se consigue este milagro? Con la participación. A la gente se le ha despertado una nueva calidad, el poder, que consigue gracias a participar en las decisiones colectivas, tarea hasta ahora reservada a unas minorías.

Hasta aquí todo perfecto. El mundo ideal. Pero a la vista de los últimos procesos y sucesos, quizá podríamos reflexionar un poco (un día es un día) sobre dicho fenómeno. Y lo podríamos hacer dividiéndolo en sus diversos aspectos:

¿QUÍEN ORGANIZA LA PARTICIPACIÓN? Las minorías que antes decidían por sí mismas. Ahora, con la situación tan liada, el poder “consultar”, ya sea a las bases propias o al pueblo en general, les exime de tomar las responsabilidades que se les encomendaron en unas elecciones, pero para las que, posiblemente, no están preparados.

¿COMO SE HACE? Habitualmente sobre una base ya cocinada, es como la guinda sobre el pastel. Pero con una diferencia: difícilmente se prepara, se informa, honesta y ampliamente, a los supuestos candidatos al empoderamiento. Se les piden actos de fe y no pronunciamientos reflexivos, que requerirían un esfuerzo que la mayoría no está dispuesta a realizar, dada la complejidad del mundo político, económico y social de hoy.

¿CUANDO SE HACE? Cuando interesa a la minoría antes mencionada. Ya sea porqué servirá de base a decisiones tomadas con antelación, ya para facilitarles salir de los líos donde se han metido por falta de habilidad, endiñando la responsabilidad a las “bases”.

¿QUIEN PARTICIPA? Pocos, muy pocos. Ni tan siquiera entre las militancias existe la costumbre de hacerlo. Se pueden mirar, en Cataluña, los porcentajes en cualquiera de las convocatorias de organizaciones “empoderadoras” por excelencia, como la ANC o la CUP. Se consiguen resultados pírricos, utilizados como instrumento de la política tradicional, que se cuida muy mucho de no dar los porcentajes de participación, y solo ofrece los de respuesta, que toma y difunde como un “mandato” ineludible.

Pongamos un ejemplo: La reciente consulta vinculante de Barcelona en Comú, sobre la colaboración con el PSC. Barcelona pasa por un momento difícil, en gran parte causado por la poca habilidad y las mentiras enbaucadoras de unos líderes independentistas faltos del mínimo nivel. En Cataluña se ha añadido la situación kafkiana creada por un PP sin mayor habilidad, que aún arrastra viejos tics autoritarios. Dicha letal combinación ha causado que la ciudad pierda empuje turístico, empresas importantes y se arriesgue a perder factores de ámbito mundial, como la Agencia del Medicamento o el Movile World Congress.

Pues en un momento así, pensando en las inmediatas elecciones (no estoy seguro de que acierten, incluso si lo hacen por egoísmo partidista), “se” decide (¿quién es el padre de la criatura?) “empoderar” las bases, para que decidan sobre un pacto que mantenía, al menos, un barniz de estabilidad en la ciudad. ¿Era el momento? ¿Era la pregunta adecuada (basada en una negación, error de libro)? ¿De qué bases hablamos?

El resultado es que unos dos mil ciudadanos, pertenecientes a un colectivo heterogéneo por definición, han descargado  del peso de la definición a la alcaldesa, proclamándose guardianes de la verdad, empujando un poco más hacia la inestabilidad a una ciudad de casi dos millones de habitantes.

Cuando hablamos de “participación”, de “empoderamiento”, ¿pensamos en los dos mil, o en los dos millones? Porqué, y aquí radica el primer y más grave pecado, no se ha hecho nada para aumentar la nómina. La gente sin poder, preocupada por el día a día, ni sabe que exista la posibilidad de empoderarse. Ni lo querría. Si no se actúa con honestidad y humildad, seguirá queriendo, y no es poco, vivir en una ciudad tranquila, estable y próspera.

Antoni Cisteró        (Versión en catalán)