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PER QUÈ FRACASSARÀ (O SERÀ UN ÈXIT) LA TAULA DE DIÀLEG (Joan Safont EL TEMPS 17.02.2020)

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Gràcies a les altes dosis de funambulisme polític que els líders espanyols (i catalans) han hagut de practicar hem passat d’invocacions a la Fiscalia i embolcallaments amb la ‘rojigualda’ a receptar el diàleg com a til·la per a tots els conflictes.

El diàleg, es mantindrà mentre una part i l’altra no vagin més enllà dels límits de l’altre i se situïn cadascun en els sobreentesos i els implícits de la seva posició.

L’anomenada “taula de diàleg” pot ser el gran tòtem de totes les ambigüitats que necessita el moment polític.

ENLLAÇ A L’ARTICLE ORIGINAL «EL TEMPS»

TRADUCCIÓN AL CASTELLANO

Decíamos en uno de los últimos artículos que la política tiene un componente básico en el contorsionismo y funambulismo. Lo que en castellano llaman «Donde dije digo, digo Diego». Este elemento hace que, por ejemplo, el presidente del gobierno Pedro Sánchez haya pasado de considerar más tóxico que el coronavirus el presidente de la Generalitat Quim Torra a reunirse con él hace pocos días en el Palau de la Generalitat, en un encuentro con toda la pompa y circunstancia posibles. También gracias a las altas dosis de funambulismo político que los líderes españoles (y catalanes) han tenido que practicar hemos pasado de invocaciones a la Fiscalía y envolturas con la rojigualda a recetar el diálogo como tila para todos los conflictos. Incluso, hemos asistido al cambio repentino de opinión del jefe del Ejecutivo sobre la conveniencia de esta reunión y la creación de la tabla, después de una visita de Gabriel Rufián -a quien de una manera u otra siempre recordamos en estos artículos- a la Moncloa. Celebramos, obviamente, esta revelación súbita sobre las bondades de hablar cuando hay un conflicto político, pero, de natural escépticos, no podemos dejar de decir que la anunciada mesa de diálogo fracasará por los mismos motivos que será un éxito.

En primer lugar, creo que fracasará porque un lado y el otro de la mesa parten de puntos de partida opuestos, como es lógico, pero que no tienen en cuenta al otro y lo dejan todo a la ambigüedad. Es decir, para el independentismo la negociación es una expresión del deseo de un trato bilateral Cataluña-Estado que ha tenido siempre el catalanismo histórico -sí, ese que ahora gente que no ha estado nunca reclama-, porque para estos Cataluña es un país en sí mismo que puede negociar con el Estado una estructura más o menos federativa, como un individuo puede unirse o separarse manteniendo su libertad. Este ha sido el pensamiento que ha encuadrado Valentí Almirall, Prat de la Riba, Macià, Tarradellas, Pujol y Maragall, que no son prohombres del separatismo, pero que se afanaron siempre por un trato de tú a tú entre el Estado, monárquico o republicano, y Cataluña, autónoma o no. Pero para España, de derecha a izquierda, Cataluña sólo es una «comunidad autónoma», una «región», «cuatro provincias» o una «nacionalidad», según sea el caso. El Principado es, en resumidas cuentas, sólo una parte de la nación, única e indivisible. Es decir, una parte indivisible de su todo, como es el brazo de un cuerpo humano.

Por otra parte, la apelación misma al diálogo es equívoca. Para unos dialogar se entiende como la traslación del ejemplo de una negociación internacional entre dos partes enfrentadas -fijándose en conflictos que han terminado con acuerdos pacíficos de coexistencia tras años de violencia-, donde se ha de poder discutir de todo y especialmente sobre el ejercicio del derecho a la autodeterminación. Pero, para los demás el diálogo no deja de ser la vieja apelación democrática al «contraste de pareceres» del tardofranquismo, siempre dentro de los límites de la Constitución que, como sabe todo el mundo, «nos dimos entre todos» en aquella transición de manual.

Por tanto, el diálogo se mantendrá mientras cada parte no vaya más allá de los límites del otro y se sitúen cada uno en los sobreentendidos y los implícitos de su posición. Es evidente que mientras el independentismo no amenace de levantarse de la mesa y el Estado no dé el puñetazo sobre esta, la cosa irá tirando. Reuniones, imágenes, buenas palabras, gestos e ir tirando del espejismo. Ahora bien, por eso mismo, la mesa puede ser, igualmente, un éxito. Vaya bien o vaya mal, ERC podrá decir que lo ha intentado y que nadie ha sido tan pragmático y, al mismo tiempo, tan comprometido; mientras el espacio postconvergente podrá aprovechar el éxito o el fracaso en su enfrentamiento a degüello con sus aliados. Por parte del Gobierno, si se llega a cualquier tipo de acuerdo, podrá decir que los socialistas y podemitas, a diferencia del PP, han sido capaces de intentar dar satisfacción al problema catalán -indiferentemente de si resulta o no-, y la derecha tripartita -PP, Ciudadanos y VOX- tendrá argumentos, sean cual sea el resultado, para continuar acusando el ejecutivo de alta traición.

El contorsionismo es un elemento básico de la política, nos ha quedado claro. Pero también lo es la ambigüedad. La capacidad de dejar las cosas en la duda y ofrecer una definición a gusto del consumidor. Soy pesimista sobre las opciones reales de un acuerdo político que contente a la vez Gobierno y Generalitat, la izquierda constitucionalista y la plurinacional, y al independentismo; que se someta a algún tipo de consulta y la apruebe mayoritariamente el pueblo de Cataluña, con el visto bueno del resto de España. Pero reconozco que la llamada «mesa de diálogo» puede ser el gran tótem de todas las ambigüedades que necesita el momento político.