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VOTÁ DIEGO

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La emoción como guía de actuación es el ABC del populismo. Imaginemos por un momento que, meses atrás, Maradona hubiera optado por presentarse a unas elecciones en su país: ¿cuántos miles de fans le hubieran votado? Y ¿por qué?, ¿para qué?

¿Qué se espera de un elegido “por el pueblo”? ¡Ah!, ¿pero se espera algo? En muchos casos, por desgracia reales y próximos, se vota con las entrañas. Desde luego, no con el racional cerebro, ni con el egoísta estómago, a menudo tan solo se aplica el enamoradizo corazón. Él nos lleva también a votar por orgullo (de pertenecer a un círculo que se siente unido -o diría uncido- por encima de las realidades cotidianas); por venganza (al formar parte de la emoción una retahíla de agravios, ciertos o no); por arrogancia, y tantas otras causas ajenas al propósito de la democracia: decidir entre todos lo mejor para todos.

En paralelo a la agitación emocional, el populismo mueve también los hilos del desprestigio, incluso de las instituciones en las que él mismo se ha instalado. Debates broncos, declaraciones extemporáneas, soluciones simplistas a problemas complejos que desembocan en la conclusión de que los políticos “no sirven para nada”, “no son capaces”, enfatizando el “todos” como sujeto. Entonces, una vez sentada la incapacidad de las instituciones democráticas para solventar los problemas que acucian al ciudadano de a pie, no tiene sentido devanarse los sesos pensando en qué opción política puede convenir a la situación del momento. ¿Y que queda?, la abstención, claro. Pero aceptemos que el impulso (que se ignora que es suicida) a optar por quien mejor mueve las emociones, tiene más atractivo que el simple quedarse en casa.

Volvamos al óbito de Maradona, del que ha habido un tratamiento mediático digno de un Trump o un Puigdemont, según la cadena que tengamos en pantalla. No sería el primer caso de futbolista, o cómico o cantante, que se presentara como candidato a unas elecciones. Tienen todo el derecho como lo tiene cualquier otro ciudadano. También lo tiene la ciudadanía de votarles. El problema no es el qué, sino el porqué. Si la respuesta es: “porque lo adoro”, o “porque sí, porque se van a enterar. ¿Qué se creían, que no seríamos capaces?” el proceso de decadencia del sistema democrático está servido.

¿Cuándo votaron a Trump, eran conscientes los americanos del efecto destructivo de sus cuatro años de mandato? ¿Pensaron en la salud o la educación pública, en el necesario prestigio internacional, o les guio el sentido de superioridad que da el manifestarse con un rifle KL-103 al hombro?, ¿pensaron en los programas demócrata y republicano, o en las bravatas televisivas del esperpéntico personaje?

Y, al hilo, una reflexión sobre las próximas elecciones: ¿con qué se votará en próximo 14-F en Cataluña? ¿Usando la razón o dejándonos llevar por la fe? ¿Nos basaremos en el glamour de un eurodiputado debido a la pena que infunde su situación judicial?, ¿le seguiremos en el camino que eleva lo peor a categoría deseable?, ¿daremos por hecha su capacidad de gestión, cuando no ha sabido ni tan siquiera consolidar un partido?, ¿seguiremos pensando que fuera de la Unión Europea nos espera un futuro ideal? Se puede votar con el cerebro (“¿Cómo afectará al conjunto del país?”), con el estómago (“¿Cómo me afectará a mí?”) o con el corazón (“Con este al fin del mundo, me lleve donde me lleve”). ¿Qué opción tomaremos con la que está cayendo? À vous à décider.

ARTÍCULO PUBLICADO EN CATALÁN EN CLUB CORTUM, el 1.12.2020. (ENLACE)